Y después…

Dejó de funcionar el reloj de la biblioteca, los libros recitaron párrafos impersonales y los poemas se mezclaron en confusión bailando sus letras con ritmos esenciales entre abrazos y besos de sepias prestados, con ausencias, sin voces que recuerden las caricias pasadas, los
olores a ti, los aromas atados a las paredes.

El agua de la gotera de cien años empapó mis ojos
salpicando un silencio perfecto. Una armonía de luz, un saludo del mar envuelto en espuma.

Lloré contigo y por ti lloré. Lloré porque nos quedamos volando entre los árboles del tiempo, entre rojos y malvas de cielo que salpicaron algún día de colores nuestro espíritu.

Y después te olvidé.