En Soledad

Estás aquí tan cerca,
 donde acaban mis pies descalzos,
 donde apenas siento mi piel.

Me parece que la tierra y sus encantos te han seducido porque tu palidez me colma entre deseo y vergüenza.

Tu rostro no revela razones, 
no vive con las horas,
 sólo abarca el infinito de esos ojos perdidos;
 donde el mundo se vuelve pequeño y el corazón se detiene en un lamento.
…Me niego a observarte,
 porque sé que te irás con mis labios en este trepidar incomprensible.
¡Miento,
 porque la que se marchará soy yo! 
Huyendo de la influencia de tu cuerpo,
 de la alevosía de nuestros ojos en este reencuentro casual. 

Me arrebatas la calma, 
me dejas vivir pesadillas impías,
 donde los límites se vuelven hálito y la destemplanza compañía de ocasión.
Nos sentimos suicidas bebiendo la noche,
 calcinando anhelos con lunas muertas,
 olvidando el tiempo desnudo en la lluvia;
 abrazándonos al abismo en un párvulo grito letal.

Me duelen los pasos
que se borran en la arena,

en frenética hambre
de sombras y mar.