Mis gavetas

Alguien

Fue tan solo alguien que no tuvo la suerte de asistir a las fiestas y tragedias del mundo de las ánimas danzantes.
Se fué sin avisar, sin dejar instrucciones ni deseos que cumplir.

Mientras veía caer sobre el féretro la tierra y escuchaba al mismo tiempo el gemido del viento silenciado por la partida de su alma, me alejé. Me senté en un rincón.
Empecé a desear.

Deseo una muerte con gavetas ordenadas. Un lugar donde guardaré lo que cargo en la historia finita de mi pasar por este lugar al que llaman haber nacido, haber crecido, haber madurado y haber sido y hasta ahora, continuar el a-ver.

Un lugar para ordenar lo que viví en color blanco. Lo que pasó desapercibido lo que nunca se adhirió.
Vivencias simples, disfrazadas, sin reconocer.

Hace falta una gaveta idéntica a la que utilizo para guardar mi ropa interior. Allí se quedarán mis intimidades, mi gozo y mi sufrimiento de mujer. Todo lo que no deseo sea sabido y aquello tan íntimas como lo son mis pantaletas de encaje y las medias de seda rotas.

A un lado, acomodaré los mejores de mis días. Prometo que será un espacio tan grande que aún los gnomos imaginarán que fui princesa en un cuento de hadas o tal vez la doncella que secuestró un príncipe en su caballo alado.

Lejos, muy lejos, tendré un espacio para que reposen los dolores. Me pertenecen, son mi historia. No deseo que nadie los llegue a tocar. No por egoísmo, simplemente porque reconozco que no los comprenderán.
entonces, me digo ¿para que?

Hay un lugar especial donde irán “colgados y almidonados” mis recuerdos. Tendrá una ventana finísima de cristal. Con un toque del alma se podrá penetrar para tomar las prendas deseadas. Estarán prolijamente acomodadas.

Todo esto, por supuesto, organizado como los colores de una caja de crayolas sin estrenar (en una gama inventada ya).

Trataré de encontrar un rincón donde acomodar las tristezas, tan alto como el techo del firmamento. Su color será transparente, no quiero que nadie lo viva y mucho menos lo reviva.
Con una vez bastó.

¡Ah! No olvidaré tirar a la basura mis zapatos.
La medida de mis pasos es tan corta e inútil que no se pueden calzar y han sido usados tantas veces que no pueden andar marcha atrás. Mis pensamientos acabaron con sus suelas apurándoles por llegar y mis amores rompieron sus tacones haciéndolos sonar sutilmente una vez y otra más.

Así, con el armario en orden podré partir, sin necesidad de decidir.
Dejaré todo decorado con lazos, celofanes y tules que les guarde para la perpetuidad,
¡no importa que tan poco eterna sea la eternidad!