Tamara

Es tarde. Hace tan solo algunas horas que nos despedimos.

Amenaza con llover. Para mí es tan solo una lluvia más.

Para tí, es la primera.

Hace frío, no lo había notado, no traje ninguna prenda para cubrirme o para cubrirte. ¡Que más da!… 

Si el Sol se atreviese a brillar de nuevo para consolar a las semillas que apenas brotan, quizás alguna lágrima se quedaría dentro de mis ojos.

Pero no, ya no es posible, lo sé. El sol sigue su camino avergonzado alrededor de la tierra y esconde la cara. Sabe que su luz ya no existe y que sus rayos de color amarillo -como aquellos que dibujabas en tus dibujos-  se han teñido de negro.

 Estoy sentada junto al sitio en el cual duermes y la humedad empieza a calar en mis huesos ¿Tienes frío?

¡Ay, mi niña! Estás tan lejos de mis brazos por primera vez. Deseo cubrirte con mi cuerpo, evitar que la lluvia moje el lugar adonde yaces desde el día de hoy, desde hace apenas unas horas, desde que te dije adiós.

Y yo aquí, con el alma seca mientras tú, mi princesa… recibes las primeras gotas de lluvia bajo la tierra.

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