Bruja

Un cuento del año 1969, publicado en mi libro “Cada Cual, Cada Cual…” (1985)

B r u j a

Mezcló bien los ingredientes: Grasa de niño no bautizado, sangre de macho cabrío, cenizas de sándalo, tres hilachas de la cuerda con que se ahorcó Judas, excremento de golondrina, y varias especies diabólicas que es mejor no mencionar aquí, y luego de desnudarse por completo, comenzó a pasarse el ungüento por el cuerpo. La habitación estaba a oscuras. Sólo la llama temblona e indecisa de los leños de la chimenea pincelaba de luz desigual su cuerpo de mujer vieja.

Abrió la ventana, invocando al Sin Nombre, y allí fue… a dar contra la pared de la casa de departamentos de enfrente, donde felizmente rebotó, perdiendo con el susto algo de altura, para luego – en un planeo en un principio desparejo, y poco a poco más confiado – enfilar hacia el cementerio.

La noche pesada y sin luna, era una gran mancha de tinta. Abajo, las luces parpadeantes, intermitentes, de los anuncios de neón, los semáforos, las altas columnas de gas de mercurio, conformaban un maremagnum ondulante que le hacía perder la orientación. Dos veces tuvo que hacer gambetas a dos torres de radar, y otras tantas estuvo a punto de ser bajada como un pato por sendos escopetazos enviados por granjeros de los arrabales que custodiaban alerta sus respectivos gallineros.

De cuando en cuando se volvía lhacia arriba, como quien hace la plancha, para poder orientarse mejor por las estrellas, a pesar de que a los de su profesión les está prohibido mirar mucho hacia el cielo, pero el constante temor de chocar con alguna antena, o con un avión que pasara volando bajo la hacía volverse hacia el suelo. De todos modos esa noche el nublado era total. Comenzó a preocuparse. Estaba segura, segurísima de que había tomado hacia el oeste. Sin embargo el roble seco junto a la casa de techo derruído no aparecía… a ver, demos una vuelta por aquí… pronto tiene que aparecer la primera tumba… no, nada…

Recordaba los vuelos de su juventud, en su país natal, en la vieja Europa. Entonces era fácil orientarse. Los Alpes de Transilvania, los Cárpatos, son mucho más altos e inconfundibles que las antenas de televisión o de radar. Recordaba los aquelarres, las orgías diabólicas que poco a poco tuvieron que realizarse en lugares más ocultos, más alejados, en cementerios más suburbanos, pues entonces la Iglesia, y ahora la policía estaban cada vez más pesadas…

Súbitamente, un pozo de aire la hizo descender como cincuenta metros. Pasó de pur suerte bajo unos cables de alta tensión, y cuando recuperaba altura – y serenidad del susto – recordó. ¡Era jueves! ¡Jueves, y el aquelarre era el viernes! ¡Qué tonta había sido! Embicó a todo motor para su departamento. Pronto amanecería. ¡Un día antes! ¡Qué estúpida! ¡Con razón…!

A la mañana siguiente, marcó su ficha en el Ministerio quince minutos tarde.

Gral.Pacheco, 30’8’69
JUAN CARLOS LAVARELLO